TEORÍA ARTÍCULOS CRÍTICA

 

El mirón mirado

Viendo (¿Visionando?) de nuevo Annie Hall, el film memorable de Woody Allen, me preguntaba qué era lo que de aquella película nos cautivó la primera vez y aún hoy nos sigue cautivando. Mi memoria me coloca en una discusión de café donde todos (todos nosotros jóvenes intelectuales, de los años sesenta, progresistas, y un poco prematuramente frustrados) celebrábamos del film la posibilidad que nos otorgaba de identificarnos. Nos identificábamos con Alvy Singer en su afanosa descalificación del mundo, en la contradictoria dependencia de sus relaciones afectivas, en la dignidad de su torpeza, en la tristeza heroica de su neurosis personal. Todos éramos (seguimos siendo) un poco como Alvy Singer (1).

Mucho hemos discutido (algunos, resentido) el trayecto de aquel Woody Allen hacia filmes como Interiors y September, a través de la línea que pasa por Manhattan y culmina en la reciente Another woman. ¿Qué ha pasado? ¿Mediante qué mecanismos – nos decimos- aquella dramática, alocada y vital textualización de una conflictiva que, no por individual era menos importante (nos importó a nosotros, nos sigue importando), ha devenido en discurso retórico, demudadamente serio, grave hasta la ineficacia? ¿Podemos ensayar respuestas?

En alguna entrevista el laureado Gabriel García Márquez confesaba sus deseos de escribir para que "lo quisieran más sus amigos" y acaso, en la raíz de toda creación artística (acto narcisista por excelencia), se dispone ese deseo primigenio. Se escribe, se esculpe, se filma y hasta se critica para que, de una manera u otra, "lo quieran a uno más los amigos". Y sin embargo, el acto creativo, ese toma y daca con los sueños personales, se ejecuta de espaldas al mundo.

Allen no ha dejado de explorar ese sentimiento de subestima que sin dudas le pertenece. Eso es lo que hace en Annie Hall y lo que repite más que convincentemente en Zelig, otra comedia con la misma temática. El fantasma del abandono, o como quiera que queramos llamarlo, está allí, puesto a vivir un universo que ya no es el autor, sino un producto exterior y extenuado, vivo de por sí, convertido felizmente en relato. Esta es acaso la esquizofrenia mínima que requiere la creación: la manipulación de una materia dolorosa, indisolublemente ligada al mundo afectivo del autor y, contradictoria e indispensablemente, renunciable. La neurosis se vive o se sublima, se actúa o se coloca fuera de nuestras cabezas. No hay términos medios. Por lo demás, no hay drama más intenso que el que vive cada cual con sus afectos y sus fantasías personales: todos somos artistas para nosotros mismos.

Este cercamiento algo confuso nos conduce por los menos a una respuesta: Alvy Singer quería ser querido (y para ello asfixiaba a Annie con sus alusiones a Wagner, al cine soviético, a Marshall Mc Luhan, al psicoanálisis). Woody Allen parece querer ser querido, muy seriamente querido, y recurre a lo que cree mejor de sí (a lo que cree que el Otro cree mejor de sí): su racionalismo, su profundidad, su intelectualismo, quién sabe. El resultado es un producto de doble filo, exorcismo incompleto del que se mira mirado, postura que atiende a un doble foco sin jamás darnos las espaldas. Restos de un implacable superyo colado en los intersticios del proceso secundario, como apuntaría ceremonioso el mismo psiquiatra de Woody Allen.

Frank Baiz Quevedo