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Retórica del suspenso

Cuando un espectador se instala frente a la pantalla que anuncia una película de suspenso, se dispone, clara y sumisamente, a que  alguien juegue con él. Como en el trámite con la histérica, el filme ofrecerá mucho, pero dará cuanto quiere,  interrogará, pero dentro de sus propios términos, omitirá cuanto le hace falta y canturreará engaños, solo para la tortura o para  el goce del contemplador. Esa sumisión incondicional es  requisito del juego: tanto sufres, tanto gozas, no hay otro disfrute posible, sino el del intercambio perverso.

Instalado en su cámara de tortura, el espectador asistirá a un espectáculo de iniciación en el cual, quien domina, es el Saber del Otro: tanto desconozco, tanto sufro (tanto gozo). El arma del filme es la administración de ese poder inestimable: tú sabiduría es tu mirada y tú mirada es mía, dice el filme (y también el strip-tease).

Hay varias maneras de torturar a quienes nos observan y una  de ellas es fingir que sus apremios transcurren lentamente: eso  es lo que hacen las novias en la vida cotidiana y lo que hace Hitchcock. El suspenso, en este caso, radica en ese  congelamiento del tiempo que impide la precipitación de lo  inevitable, es la realidad puesta en suspenso. El suspenso de Hitchcock es más bien sádico, porque goza del fingimiento y casi no oculta nada. Lo que juega con el espectador es la vida misma: Hitchcock hace que el tiempo "real" se constituya en tiempo de espera: para el ataque (Los Pájaros), para la revelación (La   Soga, La Ventana Indiscreta), para el desenmarañamiento  (Vértigo, North by Northwest).

El suspenso de Hollywood, por el contrario, es el   suspenso discursivo, el suspenso del silencio interesado, de la  omisión voluntaria y de las falsas pistas. Es  el suspenso  del histrionismo que escandaliza con lo nimio para ocultar sus verdaderas intenciones: en la administración de lo oculto y de lo sugerido radica toda su potencia.

Someterse al suspenso, en ambos casos, es someterse al arbitrio de una voluntad omnipotente: del discurso, en el segundo caso, de un simulacro del destino (nuevamente, del discurso), en el primero. Es creer en la existencia de esa instancia  inalcanzable con la cual, todos los días,  nos subyuga el erotismo.

En el suspenso hollywoodense el dominio se establece en la  misma ceremonia del desnudamiento, en Hitchcock el strip-tease  es ontológico: allá, imaginamos lo oculto a partir de las marcas del ocultamiento, aquí, no sabemos que nos depara el destino y vivimos el futuro como si Dios nos mantuviera en suspenso.

Para el suspenso, el filme se viste con sus mejores galas: los códigos. Brian de Palma, por ejemplo,  hace un suspenso vistoso en el que la cámara o el encuadre son los soportes de  esa conciencia que impone su tiranía sobre la inermidad del espectador. Hitchcock opta por la intervención discreta en un mundo que siempre nos pone en ascuas.

Los códigos cinematográficos hacen de la manipulación espectáculo: la cámara es el ojo demorado en el descubrimiento;   la música es el ritual de la del encubrimiento y el retardo; el encuadre es la ventana de la mutilación consentida; la luz, es  el mundo invadido de imprevistos.

Algunas veces los códigos se hacen autónomos; hay un regodeo en el ritual mismo del sometimiento: existe una atmósfera propia del suspenso que se da independientemente de cualquier acción  suspendida y que se disfruta como a una mirada seductora; hay una música del suspenso y una fotografía del suspenso. Sólo que a veces, como también con las miradas, el ritual ofrece más que la  ocurrencia y lo que prometía inusitadas revelaciones deviene en fiasco.

En último término, el suspenso, es un juego de complicidad: sin el acuerdo del espectador no hay suspenso posible. Sólo que hay quienes se embelesan de oír las mismas palabras y  sorprenderse con los mismos descubrimientos (algunos amantes,  los espectadores de las telenovelas) y hay quienes disfrutan con  la mortificación de lo imprevisto (otros amantes, ciertos espectadores de cine).

Por último, como sucede con todo ritual, hay que ingresar en el suspenso desnudo de sus reglas: sólo así, lo que es en el entorno placer de comprensión, cede el paso al disfrute de la sujeción y de la magia, sustrato sobre el cual se construye lo  que el suspenso comparte con todo goce que procede de la fantasía.