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Uno y la crítica

John Steinbeck, creo, era quien sostenía que en cada escritor hay por lo menos tres personas: un lector, un analista escrupuloso y un critico implacable, trinomio que, si no es exacto, aproxima al menos la esquizofrenia a la que arrastra el acto creativo: escribir es escribirse y ya eso, en sí, es signo del mas grande atrevimiento e indicio de la mayor fragmentación. Por eso la critica es, para uno, nada menos que asunto de soportarse en el espejo. El critico fuera de uno, ese fisgón que anda a la caza del idiota o del genio que todos tenemos por dentro, es en cierto modo, una parte degradada de uno mismo. por eso, cuando uno escribe, la critica de los otros carece de importancia.


El critico, bien mirado, es el remedo de ese quídam rastreador que todos tenemos por dentro, pero divorciado de esa otra parte de uno mismo que se arriesga y soporta el propio juicio con denuedo. Para critico despiadado yo, que conozco mis debilidades y taso mis logros y, lo que es peor, construyo los ideales de mis metas. Lo que es la critica lo conoce el escritor (o el músico o cualquier creador) desde el primer balbuceo, y aquel eco que retumba a posteriori, en voz de un extraño, es un intimo fantasma que reaparece a destiempo.

El critico, ese que mira mi contienda desde afuera, es además, como yo, o como tu, o como cada cual cuando crea, pero sin atravesar la agonía y la aventura que me envuelve cuando decido aceptarme creador. Ese critico soy yo paralizado o, mejor dicho, a resguardo. Por eso la critica de la obra ajena es un bastión y a veces, una manera de aliviar la cobardía frente a si mismo. Cuando distiendo mi propia critica y me permito la página llena de errores, acallo al critico que hay en mi, o por lo menos me permito un trago con el y una tregua. La disputa del creador se cierra con el vuelo de ese venablo que consideraba lanzado Julio Cortázar cada vez que finalizaba un cuento y, olvidado de la saeta (y aun de la mano sometida a la tensión del envío), se marchaba a tomar cervezas con los amigos. El crítico es ese inútil ingeniero balístico que se preocupa por los avatares de la flecha y el viento.

Como creador, no hay que pedirle al critico nada, ni piedad, ni comprensión, ni entendimiento. Para ese ser que soy yo en el ahora de mi creación, el único critico posible es esa otra parte de mí que ríe y que maldice a brazo partido junto a mi yo creador, hasta que puedo arribar al momento del parto fecundo o del fracaso.

A veces, mientras se escribe, uno coloca esta parte critica de uno en un maestro o un amigo, pero, en definitiva, el único enjuiciador sigue siendo uno mismo, escindido y sobre todo triunfante, por la gracia del riesgo asumido. Ese otro que aguarda a que yo hable, que se guarece de su superyo imitando lo intolerante de mí, que opina cuando todo este universo de miedo y amor ha concluido, participa de un ritual que, en tanto creador, poco me incumbe.

No quiere decir esto que el creador no escuche al critico, pero este acto es siempre posterior al que da a nacer la obra. a lo mejor mi critico interior hasta coincida con sus reflexiones, con su objetividad o su malicia. Lo cierto es que ya no será mi yo, el creador, quien consienta en el rendez-vouz.

Cuando escribo, ese es mi territorio. Yo soy mi lector, soy mi juez, soy mi demiurgo. Este campo de batalla, excelso o nimio, le esta vedado al resto del mundo y ni siquiera el crítico, con su admiración sabia o con su diligente rapacidad, tiene la posibilidad de participar en él.

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(1) ¿Cómo evitar el pronombre indeterminado? Una precaución estudiadamente aséptica sustenta ese otro discurso en tercera persona contra el cual me rebelo. Entonces, no El escritor y la Crítica, sino Uno y la crítica, La Crítica y Yo. Alrededor de esta distancia mínima se inscribe el drama entre la crítica y el creador