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Del voyeurismo

voyeurEl paraíso del mirón es la inmovilidad: mirar es no cerrar los ojos y, por ende, sentir por mampuesto. El mirar constituye un acto de delegación instantánea y en el momento que  miro, dejo de residir en mi piel para transportarme imaginariamente a la piel de otro. Por eso Metz y tantos más han  visto en el cine ese templo del acecho: porque en la oscuridad  de la sala nadie perturba al voyeur de su dedicado abandono de sí mismo. Como aquel héroe de Bataille, el espectador de cine se hace perverso chupador de sentidos, insaciablemente devorado por su ojo. 

El cine es esa criba inmensa en que se disuelve el sujeto mientras ejecuta la contemplación. Cuando miro, ya no soy, sino en relación a lo que miro, que se hace uno solo conmigo en mi cabeza. Y así como en el amor no es posible mirar y entregarse  en un acto mismo, en el cine toda fantasía se encuentra sobredeterminada por la imagen de ese Otro que gobierna la mirada (En el filme Muerte en Venecia,  Aschenbach sólo se entrega al amor de Tadziu cuando ya no mira). El amor del cinéfilo -lo dijo Barthes- es un amor perverso: inconmensurable y limitado, extático y doloroso. El mirar siempre es incompleto porque nos separa del objeto contemplado y nos niega, en  principio, la fantasía de la fusión.

Cuando miro, siempre, estoy excluido: de esa distancia nace la eficacia misma del cine. El buen cine, siempre, abre ese espacio imposible  que no puedo habitar nunca: cualquier rostro conocido, cualquier calle, al hacerse imagen se hace mirada pura y nace a la imposibilidad. El placer de la mirada es ese: no estar ahí, sino para constatar que no se está y desearse estando.

De allí quizás, que el cine erótico, sea la ilustración de lo que de erótico(1) tiene todo el cine: mirada siempre corta,  siempre negada. El deseo(2) surca de lo visible a lo imposible y esa tensión, entre lo mostrado y lo mostrable, alberga toda la dialéctica que mantiene cautivo al espectador.

El trabajo del mirón siempre es colmado fuera de sí mismo: es la labor del cineasta (del exhibicionista). De ahí el poder  del montaje (y del vestido). Mostrar es esconder siempre  un poco, y postergarse: hacerse imagen deseable. Y además,  reservarse el poder. Entre la voluntad que regula y el ojo que aguarda, se establece una intangible sumisión.

De este simulacro sado-masoquista, renace siempre el voyeur -el cinéfilo- incompleto, es decir, vivo, siempre deseante. Espera el próximo rostro de la actriz, el próximo show  del director: incompletitud que insufla bríos para seguir  mirando, motor de ese rito inacabable que  quiere colmarse   siempre en la siguiente  mirada y que, secretamente, sabe que mirar es apenas colocarse a un lado del camino, para que   el otro, eternamente distante, disponga de su imagen, como de un tesoro inalcanzable.

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Notas

(1)  Inclusive,  el cine pornográfico.  Henry Paris, uno de sus cultores,  lo sabe tanto, que ensambló algunos de sus mejores filmes,  con retazos dejados a la  imaginación,  cortando las escenas más eróticas en pleno desarrollo.

(2) Entre los venezolanos,  Rocco   Mangieri,    (El  Saber del texto.   Ed. Fundalara /Fundacultura /Conac. Barquisimeto,  1992.) se ha dedicado a las consideraciones semióticas de esta pulsión escópica que nos hace esclavos de la imagen.