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Yo, el personaje

Yo

¿Cómo aprehender la esencia de ese ser privilegiado,  escarnecido y alabado tantas veces,  venerado a la distancia de los siglos, desmembrado  sin piedad sobre los mesones de las más diversas congregaciones teóricas? ¿Qué estatus concederle a ese quídam de ilusión que a pesar de sus varias muertes anunciadas (la de la novela y el drama, para mencionar las más notorias) sigue lleno de salud junto a nosotros, convidándonos a vivir una mentira cada vez que nos  asoma hacia su mundo, un mundo  que -a diferencia de la vida- conserva su dignidad hasta la última página o el último rollo?  ¿Cómo cercar a ese invitado mentiroso que insufla de vida la vida chata de todos los días sin que jamás podamos  rozarle de piel a piel? ¿Cómo, en suma, hablar con propiedad de ese ser familiar e inalcanzable que es el personaje? 

Una obligatoria dualidad inscribe la dilemática existencia  del personaje y en sus dos polos, se sitúan perspectivas opuestas y complementarias: personaje es lo que yo creo, cuando escribo, personaje es lo que tú ves. ¿Qué es el personaje, entonces, si para mí el personaje es una parte indiscernible y viva de mí  mismo y para ti un ser que te visita por que se parece a ti?  ¿Qué es lo que existe entonces? De esa dualidad surge la primera escotomía indispensable: debo hablar del personaje desde mi propia vivencia de creador y, a la vez -experiencia obligatoria si es que ha de nacer un personaje- darme un paseo para estudiarlo desde lejos. En dos palabras, debo ser analista y escritor(1).  Si es un engaño, el personaje es un engaño de dos caras(2). Situémonos frente a cada una para reflexionar sobre tal engaño.

La ribera del escritor: Una tortuosa reflexión transita desde la oscura fragua donde,  lentamente, se edifica el personaje, hasta la ostensión de un signo(3), vivo de seducciones,  convincente y  más engañoso que cualquier otro signo. ¿Cómo se forma el personaje en mi cabeza, qué tiene de mí -todo, dice Viki King(4) , y tiene y no tiene razón- y cuánto recibe del mundo que me  rodea?  No sé muy bien qué es el personaje cuando lo invento, pero ya me seduce su corporeidad imaginaria. Es una persona en  mí cabeza -una persona imaginaria, claro está-. En  la criba en que se funden sus materiales primigenios, concurren, una razón  que cree aprehenderlo y una intuición que se sorprende de sus propios hallazgos. Pero no sé todavía qué es el personaje. 

Cuando se crea un personaje, se participa de una doble ingenuidad. Se cree inventar una persona y se le asignan biografías, anatomías, fisiologías y psicologías. Pero a la vez,  esa construcción padece genéticamente de las restricciones de mi capricho y mi necesidad, esa persona no es libre ni completa, sino que se recorta a la medida de mis  exigencias. No es una persona, en fin, es un personaje. Pero, correlativamente, creo que la distorsión que moldea mi construcción, es casual en un mundo posible, que el personaje "puede" ser así (¿Por qué no?),  que, en el fondo, mi personaje es una persona.

Esto me permite hacer vivir al personaje en mi imaginario (¿Acaso las otras personas no son también personajes en mi cabeza  -y, sobre todo, yo mismo, el mejor de ellos(5)?-). Cohabita con mis fantasmas y por ende, comparte el estatus con que suelo investir mi íntima realidad. Y sin embargo, el personaje sólo nace  verdaderamente cuando lo expulso de mi imaginación y lo transformo en signo fuera de mí. Esas palabras que se conjugan de esta manera, que articulan un sentido que parece cobrar vida propia y huir felizmente de mis manos son, por fin, mi personaje.

Este es el personaje del escritor. Un cúmulo de palabras,  una arquitectura lingüística que porta la magia de repetir mis confusas empatías, mis angustias o, simplemente, mis ignorancias. En el cine, largo será el tránsito hasta que otro concrete mi sueño en gestos y movimientos, en colores, en un descubrimiento de su propio rostro. Cada quien tiene un personaje en su cabeza y de él va naciendo uno que no es el personaje de ninguno, sino otro producto insólito y distinto  del milagro  de la significación. 

De manera que, a través de este proceso que va desde  mi angustia hasta su construcción, no ha habido ninguna persona que alimente al personaje. La existencia personal del personaje no ha aparecido en ninguna parte, sino como reflejo de nosotros desde este mundo donde hilamos palabras o somos actores o miramos los ojos de otro en busca de las imágenes que creemos tener por dentro. El personaje ha nacido por las personas y también sin ellas.

La otra ribera. Esa es una visión, la otra, es la del espectador, que mira en cualquier relato un recorte de una realidad con la que se conecta a través del vehículo siempre demasiado cercano del lenguaje. Si es de palabras, el personaje nace de una mediación que se figura cierta por la gracia misma de  la enunciación: decir, es remitirse a una referencia que se supone existente en un mundo hecho posible por la misma circunstancia de hacer sido nombrado -el escucha parece siempre  originalmente crédulo(6)-. Y si es personificado,  como en el caso  del cine (como lo han estudiado Christian Metz y tantos otros)  entonces el efecto de persona se impone demoledoramente,  opacando el signo.

La semiología ha intentado diversificar la lectura del personaje, desnudarlo de su investidura de persona(7). Ha querido  ver en él, la confluencia de varios sistemas de signos (Kowzan(8)),  el nodo de una intrincada red semiótica, (Hamon, Sinisterra(9)) el centro de una operación en la cual el texto se inscribe a modo de lugar geométrico (Burgoyne(10)), y también, el resultado de la  decantación de varias operaciones lógicas,  miméticas y figurativas (Greimas, Ubersfeld, Casetti(11)). De todo esto, el personaje resulta descubierto en su esencia de efecto de lenguaje: la persona-personaje, que es lo que vemos y creemos, es el resultado de este rostro y este movimiento, de este sombrero que se coloca en el momento justo, de este simulacro deliciosamente calculado que se desea aún más real que la persona misma.

Así se crea y se perpetúa el personaje: fantasma múltiple que circula de uno a otro imaginario y que desplaza su ser de fantasía con un peso que ya envidiaríamos nosotros los mortales. Por eso el personaje se eterniza frente a los ojos del hombre: porque es como él, en lo mejor de su imaginación y desvanece, en la misma operación que lo hace nacer, todo vestigio carnal que lo empariente con la precariedad humana.

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Notas

(1) Metafóricamente, por  supuesto.  Por  que  todo  creamos personajes desde que nacemos e inventamos  con ellos  todo un mundo a nuestro alrededor. La diferencia consiste en  que el creador se especializa en este  tipo de invención  como se especializa el chef en inventar fantasías para otros niveles de conciencia menos lingüísticos que aquellos donde habita el personaje.

(2) Hay otras muchas  caras,  más,  por supuesto.  Una de estas caras  es  la  que explora  Juan  Carlos  Genet utilizando a Bentley  ("Personaje y Actor". En El Personaje Dramático. (Comp. Luciano García Lorenzo)  Ed.  Taurus. Madrid, 1985.) según la cual,  el personaje es una fuerza  y una manera de hacer para alcanzar algo.

(3) Habría  que  hablar  de  un  fenómeno  infinitamente  más complejo,  modos de  producción  de  signos  y todo lo demás. Bástenos retener esa primera connotación de engaño codificado e  inaprensible  que  tiene  el  término  signo,  para situar nuestro  discurso,  más  amoroso que  formal.  Para apaciguar otras inquietudes puede  leerse a Eco.  ("Tratado de Semiótica General". Ed. Lumen. Barcelona, 1977) 

(4)   Viki King:  How to write a Movie in 21 days. Harper & Row, New  York,  1988.  Un  manual de penetración inusitada  en el problema de la creación,  a pesar de lo  deprimente que puede resultar el título.

(5)  O,  dicho  de  otra  manera  más  metafísica:  ¿En nuestra imaginación   ¿no   nos   relacionamos  solamente   sino  con personajes?

(6)  La  incredulidad  viene  después,  con  la  madurez  y  la experiencia. Es decir, con la desconfianza en el lenguaje.

(7)  Investidura común,  como  la  postula,  por ejemplo, Lajos Egri,  (The  art of  dramatic  writing.  Simon  and Schuster, 1960.).  En  favor de  este  deslindamiento resaltan trabajos como los José María  Díez Borque (en El  Personaje Dramático, ver supra)  también Francesco Casetti (Cómo Analizar un Film. Ediciones Paidós. Buenos Aires, 1990).

(8)  KOWZAN, T. El Signo en el Teatro. En El Teatro y su Crisis Actual. Monte Avila. Caracas, 1989.

(9)  Hamon,   "Pour un  statut  sémiologique  du  personnage". En Littérature,  6. Larousse. Paris, 1972; Sinisterra en  Teoría del Personaje.  Alianza Editorial S.  A. Madrid, 1989. (Comp. Carlos Castilla del Pino)

(10) Burgoyne, Robert. "The interaction of text and semantic deep structure in the production of film characters". En Iris n° 7. 2° semestre 1986. Fontag Press, Limoges.

(11)  Greimas,  A.  J.  Semántica  Estructural. Gredos, Madrid, 1973;   Ubersfeld,  Anne.  Semiótica  Teatral.  Ed.  Cátedra. Madrid, 1989; Casetti, Op. Cit.).