[ Carrusel detenido ] / Exceso. noviembre 1993.

 

Una ciudad se disfruta desde sus excepciones, desde sus paréntesis y sus interregnos: la vida de todos los días es, como denunciaba el viejo cronopio, remedo de traje forzado que vestimos todos a diario, deseosos de desnudarnos apenas se presente la ocasión. Por eso el mejor ángulo para contemplar la vida, se organiza sobre la fractura de lo cotidiano, sobre el
vaso de cerveza que cree detener la noche, sobre el minuto robado al café, sobre la sonrisa del otro que abre y cierra instantáneamente un sueño posible. Lo excepcional engasta pequeños engaños en la grosera tela de hechos banales que constituyen la vida, la enriquece de espejismos, la desplaza como un magneto subyacente que creemos emparentado con otra dimensión de nosotros mismos. Con las excepciones, alimentamos lo otro que creemos ser y toleramos nuestro anclaje en lo que casi siempre somos.

Detrás de la noria de su digestión acostumbrada, cada ciudad dispone un paisaje para sus excepciones, se colma de vericuetos, de escondites y de refugios, para los sufridos, para sus amantes para sus disidentes: hoteles de carretera, clubes privados, cines porno, ángulos de autopistas. Cada ciudad tiene y debe tener dos caras y ocultar una de ellas para que la otra resplandezca por su excepción. No hay visión más plácida de esa ciudad que bulle en la costumbre, que aquella que se vive desde la cara de la excepcionalidad: desde la quietud impúdica de un hotel en pleno mediodía, por ejemplo, (como le gustaba a Umbral en el Madrid de sus memorias juveniles) desnudo y tirado en la cama, imaginando un mundo que suda y se apretuja bajo el tránsito y la vocinglería en ese mismo instante, o quizás acodado frente a la barra de un bar desértico, cuando llueve afuera y todo el mundo se ocupa de correr hacia casa. No hay mejor lunes que el que renuncia sin motivo al trabajo, ni mejor caminata por la ciudad que aquella que se hace sin rumbo fijo.

Para usufructuar la excepción hay que no vivir en ella: el asiduo al bar o al burdel, el militante de la cocaína han hecho de la excepción una disciplina tributaria. Hay una ciudad de trabajadores de la falsa excepción que creen romper el cascarón de su habitualidad, encerrados en la armadura de férreas e inquebrantables disciplinas: esposas abandonadas preeminentes, intelectuales consecuentemente ofendidos, políticos ofuscados profesionalmente. Los habituales de la excepción apenas descansan de ella cuando transitan por la chatura de la normalidad.

También hay un nivel colectivo en la ruptura de lo acostumbrado: los carnavales y hasta las elecciones son a veces incursiones de lo singular que renuevan la inercia de la rutina. Caracas, más bien, hace profesión de la singularidad: desastres que se han hecho ordinarios, golpes de estado, asesinatos y catástrofes civiles. Somos una ciudad que, en cierto sentido, se ha hecho impermeable a la excepcionalidad.

Quizás el chisme y el rumor son el anhelo de las excepciones: el primero, porque nos instala individualmente en la posibilidad de un giro renovador, el segundo, porque abre para todos la posibilidad de exceptuarnos de esa imprevisión cotidiana en la que todos los de este país estamos sumidos.

Lo excepcional, en fin, compite con lo diario en difícil contienda: a veces triunfa la Gran Costumbre para tranquilidad de nuestro superego y otras veces se desliza la irregularidad un puente hacia otras regiones que nos sumerjan en la ciudad escondida, esa que se retira del fragor de lo cotidiano y se disfruta por un momento desde la placidez fantasiosa de lo excepcional.

 




   
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