[ Fanatismos ] /

 Exceso. Febrero 1996.

De los mecanismos simplificadores que el hombre ha utilizado para regular sus temores, quizás uno los más antiguos y eficaces lo constituye el fanatismo: solución compensatoria, ready made tranquilizante frente al apremio disolvente de la descomposición interna o externa. El fanatismo provee un menú perfecto para el resguardado (imaginario) ante el descontrol: achatamiento de las complejidades de la vida, maniqueísmo, revestimiento vengador que abrevia cualquier esfuerzo hacia la adaptación y convierte lo que por naturaleza es problemático, en esquema prontamente manejable.

Hacerse fanático es instalarse en la recortada inflexibilidad de un comic. Blindado, el fanático agradece su acortamiento del mundo y se acantona; afuera queda lo sospechoso, lo real, lo malo: queda lo otro con su insoportable ambigüedad, con sus medias tintas, con su naturaleza inexplicable. El fanático divide al mundo en fieles y vengadores, en alienados y claros, en reaccionarios y progresistas y, como omnipotentemente se adjudica el perdón de la justicia: justicia, verdad, compromiso político, son etiquetas funcionalmente equivalentes para el fanático. De esa manera, el fanático logra de forma automática, en un mismo acto, la adjudicación de sus pecados y la colocación de sus culpas.

Tiempos de crisis como éstos son ideales para la producción de fanáticos en sus dos variantes complementarias: la del Mesías abrasado en el fuego de la verdad resguardada, y la del seguidor descerebrado por su abordaje incondicional a la causa. De esa simbiosis nace la dinámica rencorosa del fanático: todo el odio producido y acariciado entre esos dos polos es vertido y diseminado en el resto del mundo, transmutado en excrescencia del enemigo.

Es cómoda y eficaz la ubicación existencial del fanático (lo ha sido siempre a través de la historia, desde los sirios antiguos hasta los musulmanes fundamentalistas); es fácil (consiste en una elección artificialmente simplificada), es cómoda (el fanático no necesita pensar, deja que la verdad se revele por sí sola) y, en definitiva, agradablemente premasturbatoria (el fanático vive del placer de una precaria economía libidinal que lo mantiene en la fase anal). De ahí el éxito de quienes se erigen en ductores de la causa divina y también la solidez que asegura su casamiento masivo.

El líder fanático es, además, un financista de la trascendencia; por eso el fanatismo tiene asegurada la adhesión multitudinaria. A través de la militancia fanática se asegura el trueque de un sentimiento fácil - el odio - por reconocimiento divino y el consecuente premio otorgado por Dios o la Historia.

Por último, la impostación del fanático alberga una estimable caución, aquella que lo alivia del fardo de la entereza psicológica mediante la deleitable licencia de la despersonalización: es realmente relajante dejar de ser uno y ser posesionado por otro, como lo hace el fanático.

Y sin embargo, a pesar de tantas ventajas, no todos somos fanáticos. Hay quienes nos movemos en la penosa precariedad de la descreencia, en una sospechosa pasión por la vida. Por fortuna para su causa, los infieles, los que inadvertidamente estropeamos el equilibrado edredón que explica el mundo para los fanáticos, siempre hemos existido.

 




   
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