[ Globi ]/ Primer Premio Concurso de Cuentos "Estrías" - 1977


Luis Cucaracha se arrechaba conmigo porque yo no le prestaba la juguita verde, pero enseguida se contentaba y me invitaba a jugar contra embuste. Como yo pegaba muy poco, apenas me atrevía a jugar contra embuste con Luis Cucaracha en el bloque de atrás y si acaso, en aquellos días afortunados en los que desde temprano mi juguita (ese culisito verde que destellaba dentro del frasco donde se confundía una resonante multicromía de metras cualesquiera) salía con desacostumbrada frecuencia de mi volado para clavarse sobre la juga adversaria, me animaba a proponerle a

Luis una partida contra chicotazos. Luis Cucaracha pegaba que jode y cuando jugábamos pepa pura, no había transcurrido media hora cuando ya el brazo enrojecido de tanto chicotazo caliente, urgía el reclamo de una bien argumentada taima. Pero otra veces tomaba la delantera y le proponía una partida de pepa y palmo y así, gracias a la largura digital que según mamá era signo de una innata predisposición al arte pianístico, equilibraba su pepa con mi palmo, y al final del juego hasta me debía chicotazos. Con Luis siempre yo jugaba a lo conforme y evitaba tanta pelea y discutidera porque no tenía que estar cantando a cada rato pido limpio o pido retruque, pero cuando jugábamos con el gordo César -siempre contra embuste- él se empeñaba en jugar a lo legal y se formaba ese enredo con el gordo pidiendo que si escopeta o vista movible. Yo entonces me ponía guillo con el gordo y empezaba a cantar vista limpio y vista saque y que suene y el gordo se descontrolaba y pelaba y trataba de cantarme vista todo pero como era muy gordo yo le cantaba más rápido pido saque y pido movible y pido agüita y era así cómo le ganaba y él se arrechaba y hasta se iba llorando y entonces yo seguía jugando con Luis Cucaracha siempre a lo conforme. A veces estábamos jugando rayo y llegaba El Margariteño y creía que el juego era contra verdad y quería meterse, entonces yo me hacía el loco y recogía las metras porque después del Margariteño llegaban los Paine y Eduardo el Colombiano y todos esos tipos que pegaban que jode y comenzaban a apostar de a treinta metras y si me quedaba ahí jugando con ellos segurito que me ruchaban. Cucaracha jamás se asustaba con la puntería de El Margariteño y se metía en el juego picándose con cualquiera que pegara, si era que El Margariteño, con su volado de largo distancia, no se llevaba todas las metras del rayo, y hasta las lochas y los mediecitos con que los hermanos Paine suplían la escasez de metras contantes y sonantes. Yo me quedaba viendo el juego desde el murito de la señora Cristina, contemplando cómo las apuestas subían de diez metras a veinte metras, de una locha a medio y a un real, mientras el Paine calentaba su volado y el juego se iba concentrando en una competencia directa entre él y El Margariteño quien no paraba ni un rato sus pepazos fulminantes. Cada uno mostraba su estilo: el Paine se arrimaba al rayo para hacerle la rendi a los que le hubieran caído cerca. El Margariteño, en cambio, prefería eliminarlos uno por uno en una persecución sin descanso que sólo finalizaba cuando todos los contendores -menos el Paine- eran eliminados. A partir de ese momento la partida era un espectáculo para todos los que contemplábamos el juego desde el murito verde de la Señora Cristina -palco de preferencia-. Al mediodía, cuando ya el hambre y la tierra ponían en todos una sorda molestia, algún ganador cantaba coleo y en un segundo el rayo desaparecía en un polvoriento y encontrado rebullicio.

A Luis Cucaracha le arrechó mucho que yo le dijera que la juga con que había ganado el botín que casi rompía sus bolsillos de kaky, era mi juguita verde. Yo le pregunté que dónde la había conseguido y él me insistió que le había cambiado por dos molondronas compradas de la quincalla. Yo, que estaba triste y arrecho por la pérdida de la juguita verde -la más brillante, la más sortaria además- le seguí pidiendo que me la dejara ver de cerca, pero en vista de que se puso tan terco decidí dejar así la vaina porque Cucaracha era pana y desde hacía tiempo nos habíamos picado . Luis me invitó a jugar a la niña: herida, grave y muerta -por supuesto contra embuste- y yo saqué la juga que me quedaba de reserva -un culisito azul-azulillo del juego de dama china que estaba virguito- y escogimos una molondrona de Luis para hacer la niña. Yo pedí último pero Luis Cucaracha quedó mano y se arrimó cerca de la niña. Luego sacó la juguita verde y guardó la juga grande y de dos colores con la que siempre jugaba. Yo no dije nada y esperé que apuntara hacia la niña y que su metra saliera disparada y sonara contra la molondrona -herida- y que recogiera de nuevo la juguita verde -grave- y que por último, después de un instante interminable en que el pulso de Cucaracha temblaba, la juguita pasara rasante sobre la niña, sin tropezarla. Cuando me tocó mi turno, la metra me salió torcida y fue a caer en un mogotico cerca de la escalera. Luis Cucaracha entonces le tiró a la niña -que suene- y la mató de frente. Ahí mismo fue donde yo me di cuenta de que esa sí era mi juguita verde y que Cucaracha me estaba metiendo cobas, pero Luis seguía tan campante apuntando hacia mi juga que se escondía allá lejos en el mogotico y cuando lanzó, después de su temblor desesperante del pulso, me fijé que estaba tirando pujinche. Tramposería sale -no le dije más un coño- y Cucaracha se rió. Pero me pegó un pepazo increíble y se volvió a reir y yo pensé de bolas, está jugando con la juguita mía y como había caído cerca volvió a tirar y me puso grave. Ya yo estaba demasiado arrecho y comencé a hacerle maraña para que pelara pero Cucaracha lanzó de nuevo y me mató. Coño Cucaracha, tú me cogiste mi juguita verde, le grité conteniendo las lágrimas que se me asomaban de pura arrechera y Cucaracha me contestó esa juga es mía. Entonces yo le dije que no le tenía miedo y empecé a empujarlo y terminamos cayéndonos a golpes y revolcándonos en el polvo sin importarnos las metras que se desparramaban por el suelo ni la gente que se había comenzado a arremolinar. Nos separaron -los dos llorando- y nos fuimos quedando solos, recogiendo lentamente las metras que se desleían sobre la tierra con la oscuridad de la tarde. La noche sobrevino sobre los bloques y -como un reloj- se oyó la voz de la mamá de Luis que lo amenazaba como todo los días con que su papá ya llegaba. Luis Cucaracha me miró con los ojos enrojecidos y me dijo: toma, coje tu juga. Una mínima esfera pulimentada destellaba sobre su palma sucia reflejando la luz recién encendida de un poste. Mi juguita -un culisito verde, casi un azabache cristalino a esas horas de la noche- temblaba en su mano. Dame mi vaina le dije, y casi se la arrebato. Oímos esta vez la voz de Tata, la hermana. Me voy para el carajo, dijo Luis, y callado y medio triste recogió su molondrona y se la llevó al bolsillo. Si quieres te paso este culisito, le dije mostrando el culisito azul con que había perdido. Bueno, si quieres, -casi no se le oía-. Se la entregué -coño pana gracias- y ya corriendo hacia la escalera de su casa me gritó: Mañana jugamos rayo, llámame a las nueve. Okey, le respondí, sacudiéndome el polvo de los pantalones para subir la casa, hasta el día siguiente.







   
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