[es como tú] /Exceso. Mayo 1996.

 

Sigilosamente, pero cuidando no pasar inadvertido, el hijo díscolo, el padre disoluto y bonachón, regresa a casa, después de unos cuantas horas (meses, años, es lo mismo) de farra. Se ha gastado los reales de la casa, ha desbaratado el automóvil, se ha liado con la vecina divorciada, ha estado dando gritos destemplados toda la noche. En medio de la borrachera, ha dejado la puerta abierta y los ladrones han cargado con media casa. Él, se puso tan loco con el alcohol, que terminó en un bar del barrio celebrando con los saqueadores. Hasta que vino la policía y a duras penas lo sacó de la inconsciencia. Pero se le comprende. Son cosas de la bebida, que pone la gente así. Que embochincha ese el lado alegre, travieso y puto que, si a ver vamos, tenemos todos.

Ahora, mejor, es dejarlo descansar para que se recupere: los trámites con la policía lo tienen agotado, tanto escándalo, tanto acoso, tanta incomprensión con el pobre hombre que, en el fondo, lo que está es enfermo. Ahora se le prepara una sopita y se le deja tranquilo. Claro que no es cosa de aplaudirle las sinvergüenzuras, porque tampoco eso. Pero hay que reconocer que todos somos un poco así: que nos desbarrancamos y nos da por dejar a nuestra mujer por una secretaria en plena fiesta, o por meter las manos en el bolsillo ajeno, apenas nos echamos unos cuatro palos. ¿Qué no?. Tú me avisas. Vamos a ver quién tira la primera piedra

Después de la farra, el padre alegre descansa protegido en el silencio familiar. Se le entiende. Es, en el fondo, un hombre bueno. No ha abandonado nunca su tono tan jocoso, tan llano, tan "arrimate pa' acá que tú eres como yo" que nos hace sentir tan venezolanos. En la cima de su euforia espirituosa, no son escasos los privilegios que ha sabido compartir y repartir (¿ha podido cogerse todo para él sólo, por qué no?). Además, es un hombre que sí se sabe defender, aún con unos cuantos palos encima. Y es vivo, vivo, eso no se le puede negar. ¡Inteligente, caraj! Y cómo sabe moverse. Y simpático, galante, levantador. Y cómo es un tigre para rodearse de quien debe ser, como debe ser.

Después de la farra del padre dilapidador y alcohólico, que, además, no conoce otra manera de vivir, la responsabilidad se traspasa. Ya ese hombre que descansa de su festín de anoche y que, con razón, hoy amanecerá malhumorado (y, a lo mejor, también, termina maltratando a la muchacha de servicio e insultando a la mujer), no es dueño de sus actos. La enfermedad del alcoholismo, del narcisismo o cómo se llame, lo ha puesto a ver el mundo así, como un niño que hay que complacerle todos sus caprichos. Bien mirado, es un hombre-niño, un bebé trajeado de abuelito. El pobre. Si hasta se asoma en sus ojos ese aturdimiento candoroso que aproxima el desvalimiento del anciano, con la invalidez del neonato prematuro y a uno le da como lástima. A estas alturas, no se puede esperar más nada de su persona, sino que, a lo sumo, con lo que le permiten los años, se escape en cualquier momento en busca de otro barranco.

El viejo levantisco, bonachón, querido y sinvergüenza, en fin, se nos va a morir así, igualito. Seguirá pidiendo perdón y comprensión y echándoles la culpa a los otros y no perdiendo la oportunidad, cuando está sobrio, de meterle a cualquier enemigo la zancadillita vengadora. Y otros hijos y padres y Ministros y Presidentes como tú, seguirán haciendo lo mismo: robándonos para la parranda, burlándose de nosotros cuando están borrachos y estrujándonos el corazón, en sobriedad, con la telenovela de su desgracia. Qué le vamos a hacer si estamos casados con ellos, somos sangre de su sangre y todo siempre nos queda en familia.

 




   
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