Caracas nueva rica (Fragmento)

Lázaro Oscar Quevedo(1919-2001)

Editorial Miranda. Villa de Cura, Estado Aragua, 1998

 

 

TEÑIDERO A DESAMPARADOS                                                 

 

          Las primeras impresiones que recibí de la ciudad de Caracas fueron tan gratas que siempre he querido expresarlas por escrito. Ahora intento hacerlo comenzando por evocar los nombres de dos esquinas de la Parroquia de La Candelaria: Teñidero y Desamparados: Fue en una casa ubicada en dicha dirección donde viví mis primeros días caraqueños. Me recibió en ella mi prima Ernestina Tovar Guzmán  y tendría yo la edad de doce o trece años de edad.

          De la cordial Caracas me agradó el fresco y placentero clima, la vivacidad de su gente, la animación y bullicio de los transeúntes, la amabilidad y buenos modales de sus habitantes, la presencia de los tranvías eléctricos y la profusión de avisos luminosos que surgían por las noches a lo largo de las calles adyacentes a la Plaza Bolívar; las multicolores fruterías con sus exóticas peras y manzanas y sus criollas uvas y duraznos; la exhibición de cuentos , folletos e historietas infantiles en los escaparates de las librerías y el aroma de deliciosas comidas y golosinas que emanaba de restaurantes y pastelerías.

          Se me indicó que para llegar a la Plaza Bolívar caminara tres cuadras en linea recta desde El Teñidero hasta Ferrenquín y que luego continuara hacia el Oeste  hasta concluir en la esquina de La Torre. De acuerdo con este itinerario inicié la exploración de la urbe. Cada vez con mayor entusiasmo frecuenté esta ruta en la cual introduje pequeñas variantes para no extraviarme. A veces desechaba la cuadra de Ferrenquín a Manduca y daba la vuelta a la manzana siguiendo hacia Tracabordo y Puente Yánez para llegar a la esquina de Manduca. O desechaba la cuadra de Madrices a La Torre y continuaba por San Jacinto y Gradillas. Y así fui ampliando las áreas de reconocimiento de la capital tales como el sector aledaño a la Parroquia de San José comprendido entre las esquinas de Chimborazo, San Ramón , Crucecita, San Miguel, Calero, Socorro, Animas y Plaza España.

          Caracas cautivaba mi atención con sus múltiples atractivos. Muchos de sus aspectos despertaban mi curiosidad. Sus múltiples y enormes puentes. Las montañas circundantes. La especial configuración de algunas de sus calles me parecía algo extraordinario. Así por ejemplo la enorme pendiente entre las esquinas de San Ramón y Chimborazo. Desde la puerta de la casa, muy próxima a la esquina de El Teñidero, podía apreciar el pronunciado declive entre esta esquina y la de Los Desamparados: Teñidero parecía suspendida en un cerro y Desamparados como sepultada en un hoyo. Caracas era como la describe Ramón Díaz Sánchez: "Es una topografía ondulante donde las callejuelas se empinan  y las chatas casas (......) se escalonan como en un

"Nacimiento de Noche Buena". La pequeña Caracas la circunscribe este escritor dentro de los siguientes linderos: "El Avila al Norte es por si solo un espectáculo; al Este el cafetal del Conde de San Javier con sus copudos caobos y toda la sucesión de haciendas que deleitaron a Humboldt, aparecen en un verde misterio. Por el Poniente está la colina del Calvario... y a sus pies la bulliciosa barriada del Silencio donde se albergan las meretrices...."

          Recuerdos imperecederos conservo del recorrido desde la casa de mi prima hasta la Plaza Bolívar: En la esquina de Los Desamparados existía una gran pulpería con el mostrador más extenso que yo hubiese visto en toda mi vida. La esquina de Platanal no ofrecía nada de particular salvo su criollísimo nombre y que además se hallaba en terreno plano que conducía a la bulliciosa esquina de Ferrenquín intensamente perfumada con los aromas del pan recién horneado y de los dulces de pastas de la panadería y pastelería del mismo nombre. Se desembocaba en esta esquina en la calle por donde bajaban los tranvías que se dirigían a La Florida en el Este de la ciudad y se intensificaba la circulación de vehículos y el afanoso ajetreo de los transeuntes. Los carritos de tracción de sangre de los fruteros y de los lecheros y las bicicletas, automóviles y autobuses invadían los brillantes rieles del tranvía que con frecuencia debía detener su marcha obligado por tales obstáculos en la vía.

          Pocos años después los "embotellamientos " del tránsito que constantemente se producían entre las esquinas de El Cují y Salvador de León por causa de los enfrentamientos entre maquinistas de tranvías y choferes de automóviles disputándose el espacio disponible de la calzada hizo que las autoridades llegaran a la conclusión de que los tranvías constituían un estorbo y fueron eliminados. Comenzaba a imponerse su majestad el automovil en las calles de Caracas. Aquiles Nazoa recuerda en versos a los tranvías:

         

                                       “Tranvía de Caracas, buen tranvía

                                       que te marchastes de la población,

                                       con tu presencia de juguetería

                                       y tus campanitas de cordón."

                                     

          En aquella época nunca se me ocurrió pensar que en Caracas llegaría el momento en que el automóvil le disputaría el espacio de las aceras a los peatones y se adueñaría de ellas.

          En la Farmacia de la esquina de Manduca era frecuente la presencia a todas horas del día y de la noche de algunas personas que permanecían sentadas en un largo banco de madera en una prolongada espera para recibir un preparado medicinal prescrito en una receta médica.

          En la esquina de la Romualda una casa de comercio exhibía un gran letrero: Zapatería Las tres B (Bueno, bonito y barato)-

        A  partir de la esquina de El Cuji se extendían hasta la de La Torre dos filas de grandes y señoriales casas de estilo colonial tan hermosas como las que ocupaban el Colegio Sucre y la Escuela Federal "República del Paraguay", la mayoría  habitadas por distinguidas familias caraqueñas. En las esquinas de La

Marrón y de Las Madrices no faltaban los botiquines y en éllos los músicos interpretes de "La Pelota de Carey", El Romantón, La Chica del Diecisiete, Claveles de Galipán. Eran Los Cañoneros , según algunos llamados así por su hábito de tomar caña y según otros porque portaban en Navidad un cañoncito de bambú.

          Concluía mi recorrido en la Iglesia Catedral y Plaza Bolívar. En las vidrieras de exhibición de la Librería La Torre me extasiaba viendo las portadas de mis publicaciones preferidas: Tarzán, Tips Bips, Tipperary, Dick Turpin, Narraciones Terroríficas, El Hombre Araña, El Gorrión, El Purrete , Rataplán , T.B.O., etc. El ruido de los tranvías, de los autobuses, de los gritos de los limpia-botas, en fin la intensa agitación de la esquina de La Torre  generalmente me mareaba y hacía que iniciara el regreso a la casa.                                 

          La esquina que sigue a la de El Teñidero, hacia el Este es la esquina de El Mirador y la que le sigue a ésta al borde de la Plaza de La Estrella en San Bernardino es la de San Felipe. Esta cuadra de Mirador a San Felipe donde ahora se había mudado mi prima presenta la misma característica de muchas otras de esta zona, la de tener un gran declive como las que concluyen su pendiente en Los Desamparados y se desprenden respectivamente de Calero, El Teñidero y Los Avilanes. En esta cuadra la pendiente remataba en el lecho del río Anauco rodeado en ambas márgenes por un espeso matorral de bambúes. Era una calle ciega como lo eran también las de Los Avilanes a Río y la de Candilito a Urapal. Esta última esquina estaba sellada con un muro donde permaneció por mucho tiempo un gran anuncio de los cigarrillos "Doble Águila" y "Sport". Este rincón de La Candelaria, extremo Nor-Este del viejo casco de Caracas era un confín de la ciudad.

          En la cuadra de Mirador a San Felipe con la calle de tierra, aún sin macadam, la casita tenía un agradable aspecto con sus relucientes pisos de mosaicos y con un gran depósito de agua en el patio en el cual nadaba un pececillo de colores cuya visión hacía felices a mis pequeños primos Joaquin y Carlota.

          En mis breves permanencias en esta casa disfrutaba de las frescas, soleadas y luminosas mañanitas caraqueñas y de la lectura de los folletos de literatura infantil de los muchachos. Frente a un viejo receptor de radio R.C.A. Víctor por las tardes oía los famosos cuentos del "Tío Nicolás" dedicados a sus "queridos pitoquitos". El esposo de mi prima, Joaquín Sosa Castro, cumplía estrictamente su horario de trabajo en una quincalla de su propiedad situada de Gradillas a Sociedad. Los sábados por la noche regresaba a su casa después de entretenerse con sus amigos en el bar de la esquina de la Cruz de Candelaria. Llegaba portando un paquete de dulces de pasta de la Pastelería de Ferrenquin y un paquete de historietas cómicas para los niños. Los domingos por las mañanas se encaminaba al Stadium San Agustín para presenciar un juego de béisbol y por la tarde se plantaba frente al receptor de radio para oír la transmisión de las carreras de caballos que desde el Hipódromo de El Paraíso narraba Don Plácido Pisarello.

          Allí conocí a una simpática vecina, madre de tres pequeños niños, entre ellos al "Nené" quien es ahora el afamado restaurador de obras de arte, Francisco Rivero. Para esa época pude darme cuenta de que en Caracas los vecinos sostenían entre si muy cordiales relaciones. Unos y otros no podían ignorarse pues era costumbre que las familias recién llegadas al sitio visitaran a los residentes más antiguos y se pusieran incondicionalmente a sus órdenes ofreciéndoles su amistad. El resultado de esta loable actitud de los caraqueños de antaño era una vida más grata y más llevadera para los habitantes de la ciudad. Eran más fluidas las relaciones entre las personas. Se estimulaba la participación de los vecinos en las tertulias, fiestas y celebraciones familiares. Se cultivaban las relaciones humanas. (…)