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[Elogio de la perdición] /Exceso. Noviembre 1996. |

Entre la Praça da República y la Avenida Rio Branco, a lo largo de la Avenida Ipiranga, uno descubre el infiernillo de Sao Paulo, el territorio de contacto entre la recién nacida atención de los turistas y la miseria siempre exhibicionista de la ciudad. Igual que en Nueva York o en Hamburgo o en Bogotá, la ciudad entremezcla su abundancia y su penuria y brinda el testimonio de dos vidas paralelas y quizás complementarias: una bien vestida o superviviente, otra hundida en la ruina, desplomada en la perdición urbana. Es como una gran señora que no maquillara a ninguno de sus hijos, hermosos o deformes y los dejara retozar por igual en la evidencia del cercado. Una ciudad que de un solo golpe de ojo nos expone su gracia y su fatiga es, en cierto modo, una ciudad sincera, una ciudad que se sabe vivir en su existencia. No es un decorado: es la ciudad misma.
Siempre me intrigó esa evidencia descubierta en la comparación de Caracas con otras capitales del mundo en las que esa excrescencia de la realidad civil se exponía sin ambages. He buscado muchas veces el por qué de esa deriva que, de algún modo, disimula nuestros mendigos o esconde nuestras prostitutas o maquilla a nuestros traficantes y nos convierte a la vista en una suerte de sano caserío en el que el disimulo pretende una versión de la ausencia. Siempre me pregunté por qué, en apariencia, habitamos una ciudad diferente: sin pornografía, sin drogas, con transformistas tímidos que apenas se exponen a la efímera observación de los autos. Y me ha dado muchas veces por leer esa diferencia como una insinceridad constitutiva propia de nuestra idiosincrasia.
Porque nuestra otra cara, llena de pústulas y de dolencias, no transita por las calles ni encuentra natural alojamiento en la faz urbana, sino que encuentra lugar en ese interregno plácido para todos nosotros que es el nimbo de la ilegalidad: somos hipócritas redomados, eso sí, y hay una dulce canción farisaica que tiñe de virtud lo que preferimos hacer tras de bastidores.
Caracas no tiene un sex shop propiamente dicho, sino alguna tienda de intimidades para sofisticado beneficio de la atracción erótica (en parejas y en la elegancia de una urbanización del Este). Los clubes de videos porno (cuya inmoralidad tiene que ver más bien con la ley de derecho de autores) habitan tan solo en los clasificados. La prostitución de todos los tipos siempre se disimula en una legalidad aparente cuya presencia ficticia, como en todo trámite con lo que bregamos, es a la vez indispensable y supletoria. La Caracas de verdad no está en las calles, como en otras ciudades del mundo, sino en la sabrosa ilegitimidad de los intersticios. Así medramos los venezolanos, caraj, mas buenotes y más sanos que todo el mundo...
Y sin embargo, esa perdición que abruma las calles de São Paulo, que llena de prostitutas alguna avenida de Bogotá, que señala con cierto toque de ingenuidad los vericuetos de Amsterdam o exhala inevitablemente los alrededores de Hollywood, tiene algo identidad necesaria, de aceptación de sí mismos por parte de los que moran y constituyen la ciudad. Hay una suerte de dignidad en la perdición aceptada: ya lo han dicho Miller y Bukovski. La perdición aceptada es una suerte de derrotada confianza en uno mismo: es darse al mundo como se es y disfrutar y sufrir las consecuencias de esa derrota.
Por el contrario, en la retocada fruición de nuestra normalidad cotidiana, en la mojigatería de esa ruralidad remozada que nos escinde en un Jekill y Mister Hyde a cada uno, palpita siempre el escozor de una oculta miseria arropada de legalidad. La ley para nosotros es el salvoconducto del fariseo, a lo mejor, lo que nos separa de ciertos rasgos, quien sabe si mejores, de nuestra profunda identidad. Ojalá la sana perdición, la sincera perdición, como la que le golpea a uno la primera vez que camina por las calles de São Paulo, venga un día a confrontarnos con mucho de lo que en realidad somos a pesar de lo que no queremos dejar ver.