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[ Los psicópatas ] / Exceso. Diciembre 1993 - Enero 1994. |
Si el cielo es de los justos irreductibles, la tierra, en cambio, es el territorio de aquellos quienes saben amoldarse a su relieve ocasional. Entre la humanidad de los confiados que trata (¿vanamente?) de mantenerse a flote en esta sucursal del cielo, destacan los dotados por para sobrevivir a todo trance: los psicópatas.
El psicópata es un individuo deslastrado del peso de los sentimientos y cómo tal, armado de una infinita posibilidad de acción: capaz de invertir (inclusive en la bolsa de valores, como se ha visto) todo y cada uno de sus actos en beneficio exclusivamente propio. El psicópata, sabiamente, ha revertido el maltrato del mundo en venganza calculada que administra por el resto de su vida: las piezas de su juego somos todos los demás.
No hay individuo más encantador que un psicópata: el estafador en cualquiera de sus géneros (incluso, cinematográficos), el intelectual pausadamente arribista, la seductora que administra sabiamente sus dotes corporales, el profesional engañoso y, sobre todo, el político de profesión.
La política, en efecto, es el territorio natural de la psicopatía, por eso uno se refiere a ella a través de su condición necesaria: la manipulación. Al político, como al psicópata (adjudicaciones que muy frecuentemente coinciden) lo mueve la satisfacción propia a través de la debilidad del entorno, razón por la cual él se erige en administrador del deseo ajeno: tanto sé que (me) quieres, tanto te domino.
Toda la política (y la psicopatía) se alimenta de un conocimiento: el de verse fríamente a sí mismo en el mundo y calcular las inversiones en la ceguera (o sea, en la afectividad) de los otros. La psicopatía la intuye uno generalmente como malestar indefinido, ese escalofrío que apenas se resuelve en un no sé por qué no me gusta fulano. Pero al final, el psicópata resulta vencedor en tanto logra imponer el beneficio de la duda: basta observar el primer plano psicopático de Claudio Fermín en la cuña televisiva para, al cabo de un momento, sentir la tentación de sucumbir ante la convicción vacía de una voz y unos ojos.
El discurso psicopático es el discurso eficazmente mentiroso, no el de la mentira ingenua que se piensa a sí misma como tal, sino el de la verdad-mentira: ante las cámaras (o en la cama, simplemente), en la curul, en el escritorio. Es el discurso de la convicción pausada, de la simpatía y de la palabra que enmascara la acción decisiva. (Es el discurso del senador, del abogado o del ex-presidente). Es el discurso hecho justo a la medida de lo que el oyente quiere escuchar y que rinde beneficios sólo en el reflujo no-discursivo de la relación que impone.
Buena parte del festín venezolano la disfrutan los psicópatas: psiquiatras con algún prestigio que esquilman a su clientela con su faz de especialistas; profesionales que mantienen el equilibrio de sus privilegios seduciendo a cuanto ser le sale al paso; actrices que arriban y se mantienen en la fama con impasibilidad de relojero; funcionarios que administran simultáneamente justicia y delincuencia.
Con los psicópatas el único remedio es hacerles saber que uno los conoce: no pierden tiempo. Agotada la cantera que estuvo dispuesta a refrendar su palabra mágica, se reorientan enseguida hacia nuevos territorios donde brote esa productiva y rara flor que se llama la confianza.