[ El resplandor del lado oscuro] / Exceso. Agosto 1992.

 

 

De la irrupción de “El Hombre Nuevo”, del mundo en ciernes que proclamaban los ojos de nuestros compañeros, sólo nos hostigaba el crepitar de nuestras más secretas miserias. Taciturnos, nos reconocíamos sin lugar en aquel universo sin recovecos, todo voluntad, sudor y lágrimas, enjugadas al tamiz clarificador de la conciencia. Y nuestro mezquino sufrimiento nos transportaba, en horas de mengua, hacia ciudades totales como Nueva York, opuestos de aquellas transparencias artificiales, donde destellaba la sonrisa de la solidaridad y no existía sino una sola faz, expuesta e inapelable.

En aquel entonces, nuestra ciudad se nos antojaba pasante de metrópolis, demasiado pueblo todavía, lugar donde la perversidad era asunto de un par de dulceras lesbianas, o del amaneramiento del hijo mayor del boticario. Nos debatíamos entre las tensiones de una década sin demasiado sustrato freudiano: nos devastaban las injusticias del mundo y, en nuestro interior más recóndito, no soportábamos la asepsia de los hijos de Mao, ni la sexualidad revolucionaria que adjudicaba Ernesto Cardenal a las habaneras del trabajo voluntario.

Porque para muchos de nosotros ciudad del mundo era eso: un icosaedro con algunas caras de virtud y otras cien caras de perdición, de miseria, de hartazgo, de literatura. No nos cabía la imagen de la ciudad paraíso. Sentíamos que una ciudad que se respete, es un averno dispuesto a sus Virgilios: es Nueva York visto desde el Village o desde Harlem o Londres sin quitarle el Soho.

¿Qué pasaba con Caracas que se nos antojaba demasiada estampa de navidad, con sus cerritos y todo, como un nacimiento? No era que, desde siempre, su existencia no estuviera burilada por las más profundas disimilitudes, sino que por debajo de aquella diversidad para sociólogos, una aplastante homogeneidad resumía sus creencias, sus mitos pueblerinos, sus conductas predecibles como imágenes de televisión. Lo que hacía una ciudad -el infierno posible dentro de cada habitante, su diversidad real, su disensión- se sacrificaba a la concordia de un punto de vista, único o previsible, sancionado por el fanatismo hacia a un partido o por la militancia alrededor de alguno de sus pocos equipos de béisbol.

Después supimos que las ciudades de aquel hombre nuevo no habían sido las diapositivas que pintaba nuestra imaginación: ahora Moscú esta llena de putas y de traficantes y de parques, como toda ciudad del mundo, una ciudad que se parece más a uno, es decir, a la realidad. Lo mismo sucede con Caracas: ha crecido y ha diversificado su miseria al ritmo de una transformación global, hasta mostrarnos sus entrañas más contradictorias: su inmigración descocada, su descomposición en cada estrato, sus fracturas y desbalances. Ahora hay una parroquia de San Juan que es ghetto de transformistas dominicanos (y que acaso, por fortuna, no saben lo que es un adeco, ni les divierte el cómico Joselo) y un Petare estrictamente colombiano, orgulloso e idéntico a Barranquilla. Día a día, crecen mil vericuetos que hablan de una ciudad que medra sobre sus diferencias, se hace heterogénea y se pervierte, para bien o para mal. De allí surge, el resplandor del lado oscuro, con su magnetismo y su vitalidad y sus inevitables tragedias. Uno se mira a sí mismo desconcertado, reconociéndose en el aprendiz de bohemio que quería una ciudad para hacer literatura. Ahora quizás la tiene enfrente (¿la ha tenido siempre?). Acaso la ciudad tan sólo sigue esperando que nos ocupemos de interrogarla, que es interrogarnos a nosotros mismo.

 




   
  blog     noticias     cursos     libro de visitas



 

La página del guión ®
Todos los derechos reservados
Caracas, Venezuela 1996-2003
Diseñado por: Seventeen Design