[El retrato de la muerte ] / Exceso. Mayo, 1992.

 

La ciudad que de día y a plena luz es atravesada por los automóviles y los discursos, que aparece tan iluminada, tan circundada de actos visibles, tan elocuente de sus portentos y sus miserias, es, como toda ciudad del mundo, varias ciudades a la vez. Un poco ese doble mundo que recientemente reclamaba José Ignacio Cabrujas al Presidente (Pérez): una ciudad de un país de varias lecturas y varios órdenes paralelos, fundidos en una aleación cada vez menos estable, eso sí. Y de pronto, una de esas secretas formas de la ciudad, emerge imprevistamente, denunciada por un sesgo del azar, un mal cálculo, la pretendida lucidez de uno de sus usufructuarios. Sucede lo que, en un cuerpo, revela la incursión repentina de un contraste radiográfico: que aquellos ritmos y transpiraciones que proclamaban una aparente lógica, se ven de pronto desmentidos por la revelación de un metabolismo de otra naturaleza y un nuevo rostro - que siempre estuvo allí - se descubre en la radiografía, para sorpresa de algunos, malestar de otros, indiferencia de la mayoría.

Sucedió con las cacerolas -hiato que unificó los confines más diversos de la capital - y ahora con la cocaína envenenada. Al principio, las más descabelladas - o ignaras - hipótesis oficiales fantaseaban una suerte de gran sarao colectivo, en cuyo sifón fatal, una inusitada mezcla alcohólica - cerveza, ron, ginebra y güisqui - habría intoxicado a los desprevenidos - y nómadas - festejantes. Y poco a poco, con las fluctuaciones y cautelas propias de unos funcionarios que se apresuran a proteger a quienes suponen “protegibles” - aún sin que éstos lo demanden - la mezcla letal fue sincerando sus rastros a lo largo de una siniestra trayectoria: de Lídice y Catia pasó al Clínico y a Coche, de la Castellana a Santa Inés. Invariablemente, las víctimas invocaban el anémico recurso del exceso de tragos, buscando resarcirse de una mancha demasiado periodística. Por fin, se hizo claro que las decenas de intoxicados que reportaban los hospitales y el (presunto) número de envenenados que acudía a las clínicas privadas, habían sido víctimas todos de una mezcla de cocaína y opio, producto de una alquimia ambiciosa y desafortunada.

Cosas así, por un instante, abren la ventana hacia ese otro universo que coexiste con éste de todos los días, demasiado explícito, demasiado ingenuamente explicativo para ser verdadero. ¿Quién rastreará hasta el origen el alijo inicial? ¿En cuántos pies y manos y bocas cerradas se enreda el hilo de Ariadna? La ventana está allí para que sea traspasada por instantes. Después se volverá cerrar.

Pero, al trasluz, esa otra Caracas revela su trasnocho incansable: moradores de esa ciudad se identifican en el estremecimiento de una complicidad compartida. O se sienten redimidos durante los instantes de soledad que dedican a aquella a quien confieren todo la gracia de que creen carecer. O celebran su fortuna de poder contar con los mejores proveedores del mundo y los emisarios más fieles. O cuentan y planifican y ni se atreven a mirar la mercancía por no distraer las ganancias. O patrullan la ciudad en busca de las mejores transacciones y los más pingues decomisos. O la atraviesan como a una sola Caracas hermanada en la misma búsqueda, sin distingos de credos ni razas ni condición social, sometidos a los mismos pactos y a los mismos riesgos, con la angustia o la promesa de una experiencia siempre nueva y siempre repetida.

Esa ciudad subterránea, que une a obreros solitarios y políticos con renombre, que tiende un lazo entre adolescentes eufóricos y malandros desahuciados, que vincula a parejas de profesionales con marginales y artistas y ejecutivos y funcionarios y desempleados, sigue existiendo con sus miserias y sus equivocaciones, sus mentiras y sus esperanzas. Muchos de los que abren o cierran la ventana han estado allí. Quizás la comprenden y creen perdonarla. Quizás se benefician de ella, mediante la negociación directa o viven de su cultivo. Quizás no la entienden y - temerosos o ignorantes - niegan su existencia. Lo cierto es que esa ciudad sigue viviendo aquí, detrás del escenario de todos los días. Sus actores seguirán buscándose, persiguiendo sus quimeras, a veces hasta para dibujar con la muerte el escorzo de su oculta geografía.
 




   
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