[Saberes] / Exceso. Octubre 1995.

 

A la hora de los rescates, Venezuela atraviesa su postrer tifón amparada por la intuición (lo que algunos llaman, su "buena voluntad"), la Divina Providencia (hecha carne en el cuerpo antojadizo del petróleo) y sus saberes, vale decir, la competencia intelectual de sus sufrientes y sus ductores. Saber, equivale a sobrevivir y uno sobrevive cuanto sabe. ¿Cuánto sabemos, por cierto? O, mejor dicho, ¿qué es el saber entre nosotros, tan resabidos? A mi parecer, nuestro patrimonio sapiente se reparte sin demasiadas medias tintas entre dos polos: el saber de la calle (es decir, el saber del que se la sabe todas) y el saber académico (i.e., el saber del sabelotodo). Entre esos dos extremos, no hay, entre nosotros, ningún saber que valga. El saber de la calle es el más difundido porque no requiere de alfabetización previa: es el saber de la supervivencia, el conocer fecundo del caudillo. Es un saber rígido, omnipotente, supersticioso, pero sobre-seguro y práctico. Es el saber a la mano del noventa y nueve por ciento de nuestra población: la ciencia del consuelo defensivo del yo soy un ignorante, pero... que finalmente impone su validez y su eficacia por ser pretendidamente auténtico y telúrico y venezolano cien por ciento. El otro saber es el que se administra (o directamente se comercia) en los liceos y en las universidades: es un saber-objeto, rígido, omnipotente, supersticioso y además escrito. Es el saber grandilocuente y conminatorio de los pedagogos, superficial y discursivo en la peor acepción del término, resguardado por un antiguo mito anclado en la oscuridad de las palabras iniciáticas. En definitiva, es el saber que se expide y se garantiza mediante un título de propiedad, del cual no importa mucho que la pertenencia sea mal habida. Ambos saberes, el saber académico y el saber de la calle, casi por las mismas razones, comparten su garantía de inutilidad, son saberes mágicos acreditados por un dios externo (¿José Antonio Páez? ¿Jacques Lacan?); son saberes acabados y, por ende, muertos y, sobre todo, son saberes ciegos a fuer de ser absolutamente omnipotentes. Pero, sobre todo, ambos saberes son ineficaces porque remedan la verdadera pulsión en juego: son impostaciones que se pretenden y se ejecutan como formas del poder. Así, en la calle, el saber es el poder político: esa ha sido y sigue siendo la ecuación del caudillismo, del partidismo, del continuismo, de ese cóctel de ismos que constituyen lo que en estas tierras se denomina democracia. En las universidades, inversa e idénticamente, el poder, cuando se tiene, se disfraza de saber. En suma: el saber como saber, entre nosotros, no existe ni importa mucho que digamos, lo que importa, lo que nos importa - por lo impotentes que somos - es el poder. Y sin embargo, a la hora del té, como no sabemos, no podemos, esa parece ser nuestra amarga verdad. Habría que remontarse al principio para reconocer que la sabiduría es conciencia plena, libre y sin complejos de nuestra casi total ignorancia. Que saber es deslastrarse de ese querer obstinadamente enquistado en las ansias de poder. Y, por fin, comenzar modestamente a aprender, que es lo único que se puede.

 

 




   
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