[ Show time ] / Exceso. Abril 1994.

 

No hay embriaguez más grande que la que se vive frente al abismo, lo atestiguan todos los excesos: los cuatro últimos segundos del suicida, el postrer envión del morfinómano, la sonrisa vuelta contra sí del condenado. Hay una suerte de desprendimiento del sentido de sí mismo que se torna euforia desintegradora o abulia o simple indiferencia beatificante. Lo cierto es que frente a lo inevitable, a menudo se abre ese paréntesis de absurdo que anula todos las explicaciones, las esperas, la esperanza.

Precisamente en esa oscilación nos refugiamos ahora, de un lado el futuro inevitable, transformado en todas sus materias: retórica para políticos, temporal para presidentes, cálculo desfavorable para financistas en fuga. El coro otea los nubarrones, adivina la tempestad, antedice los estragos, brinda y discurre contento: siempre hay tiempo cuando todavía se tiene el amparo de vivir este presente que se nos antoja interminable.

Igual le pasaba al alter ego de Bob Fosse en All that Jazz, mientras hubiera vida o dólares o cámaras de televisión, apuraba las cápsula de anfetaminas y se zambullía en el show: siempre hay un poquito más, la esperanza es lo último que se pierde, en fin, el hallazgo médico de última hora, la intervención del enviado mágico, la ascensión del petróleo, las reservas morales, quién quita, somos un gran país, nadie puede afirmar lo contrario.

Frente al abismo, asistimos a la singularidad casi sagrada de un viraje de esos que después se llamarán históricos, un antes del después que se ubicará del otro lado de un Viernes Negro o de un 27 de Febrero. Hay una suerte de comunión compartida que nos baña de cara a la fatalidad: quizás inconscientemente contemplamos el desplome con alborozo, avizorando quién sabe que advenimiento (Venezuela que ya no es la misma, aunque somos los mismos quienes la contemplamos): el castigo de los pecadores y la contrición de los desobedientes, la toma de conciencia de los diputados, la vida perdurable, la alimentación de los infantes. Todo esto, una vez zanjado el Apocalipsis purificador, claro.

A lo mejor, en el fondo, nunca fuimos tan crédulos en este país, en esta ciudad plena de indicios modificadores: sembrada de pústulas sabias, de umbrales recostados de una nueva y mejor eternidad (la de la verdad de la economía de mercado, de esta tan necesitada desnudez con la que comenzaremos a ver nuestras carencias y disparates que quedarán finalmente en el pasado: país que fue de rentistas trasnochados, de enceguecidos millonarios, renacidos en algún futuro a la verdad del IVA y la hiperinflación que nos aguarda).

Hay hasta un impulso auto-flagelante en esto de sentirse al borde del abismo: anticipación del castigo y plenitud de saberlo imaginario. Todos esperamos lo peor, que a lo mejor nunca llega.

Mientras tanto, vivamos el momento: un banco en vilo, o dos o Japón en pleno, son sólo eso, una hipótesis (los rumores también, hipótesis de trabajo para distraer el presente que, a la final, es lo único que existe): igual nos pasó a los ahorristas del Banco Latino, que disfrutamos de la esperanza hasta el último momento: total, la realidad sólo es real cuando acaece. Y además, siempre queda esta sensación de precipitarse en parapente, la plenitud del salto al vacío, el goce del paracaidista. Sólo cuando se está en la tierra vale la pena pensar lo contrario.

 




   
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